miércoles, 11 de junio de 2008

ANDRÉS ALDAO

Andrés Aldao, nació en Buenos Aires en 1929. Exiliado de su país en 1975, reside actualmente en Israel donde dirige la Revista Artesanías Literarias. Ha publicado: “Argentina: de Factoría Agropecuaria a Neodependencia Industrial” (1971); “Cuentos desde lejos”(1998); “Al servicio de la Vida” –en castellano y hebreo- (1999,2002); “Ensayitos y Sarcasmos e Compás de 2x4” (2001); “Calles Empolvadas de Recuerdos” (2002); “A+B Memoria Cotidiana” con Ernesto Bavio (2004); “Aventuras y Desventuras de Ale Aspis” (2006) y su reciente antología de Relatos “Aserrín…Aserrán” (2008)
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Las dos muertes de Tomás Achille

Del libro Calles Empolvadas de Recuerdos

Le tomó su tiempo darse cuenta. Es que hay distintas clases de cambios. Los hay bruscos, notorios, repentinos. Como decir que son cambios varoniles, vigorosos, leales. Te ponen a prueba y no son traicioneros. Pero a Tomás Achille la cosa le vino de a poco. Como lamiéndole los sentido; desarmándole las defensas; volteándolo con una finura maliciosa, casi invisible.
El hombre se resguardaba detrás de un mostrador rengo, tallado por esas arrugas de viejo apareadas a su propia vejez. Almacén de barrio el borde cansado del suburbio, estanterías de provisiones que surtieron a una población sufrida y pobretona. Tieso. Detrás de esa mampara sin horizonte, siempre. Servicial, infaltable, maniatado por el fiado, los créditos incobrables, el trato afable, y la yapa coimera extinguida en las fauces del fin de la historia.
Levantó el boliche en los años de oro y plata, aguantó la inflación, los bajones. Y después de tanta aventura, paciencia, vejez, la cosa se cae, se fisura. Las exigencias prepotentes de los bancos, y las deudas esas que revolotean en las noches insomnes, ya no le dan paz. Pasaban los días, las semanas y las mercaderías alineadas no cambiaban de lugar. Una polvareda insulsa, voraz y diestra cubría los estantes con una capa lúgubre y sepia. De vez en cuando solitarios paquetes de fideos o arroz, un huevo, o medio pan, cobraban vuelo. Y el lacónico mañana se lo pago disuelto en la torpe brevedad de la promesa.
Ese día Tomás Achille no aguantó. Salió apurado, cruzó la callecita alumbrada por un sol avariento, y le gritó:
- ¡Eh, doña Luisa! ¿Qué pasa que no viene al almacén? ¿Qué lleva en esas bolsas?
- Qué le ocurre don Tomás. Usted parece sordo y ciego.
- ¿Por qué me dice eso? ¿Está enojada por algo?
- Pero dígame, viejo, ¿usted no se da cuenta de que la gente no compra más en los boliches ¿ Tenemos el súper a tres cuadras. Hay de todo, don Tomás, allí compro el pan y la leche, el asado, repongo vasos rotos, compro pantalones y camisas, conserva, fideos. Y con la tarjeta. Es el fiado moderno ¿Se da cuenta, don Tomás? El boliche es para los que no tienen, para los muertos de hambre que no quieren trabajar. Está listo. Entiérrelo, don Tomás, ¡hágame caso!

El viejo baja los brazos, cruza lentamente, entra en su refugio, se parapeta detrás del mostrador con esas arrugas equiparadas a las de su vejez. Lo acompañan la soledad y el silencio del almacén.
Vieja bruja mentirosa, piensa. Aunque él lo sabe. No presume ni duda. Los pocos huecos en los estantes – fantasea- son como espacios vacíos que aguardan unos féretros grises y compactos que rellenen la escuálida escenografía.
Se acerca a la persiana herrumbrada y con el hierro entumecido de tantas bajadas engancha la medialuna. La ve descender quejumbrosa, lenta, igual que el telón de un viejo teatro de provincias en vísperas del cierre final. La bruja esta tiene razón, masculla resignado el viejo. Te has muerto, almacén La Porota, sos un cadáver.

Al día siguiente, los aullidos desafinados de Pelele, el perro, despiertan al vecindario. Las mujeres caminan presurosas hacia el súper. Ni cuenta se dan esa mañana que la persiana de La Porota permanece baja, rígida, callada. Como muerta.


6 comentarios:

Anónimo dijo...

Andrés, un gusto que estés en esta columna de Amigos de la Urraka, y con uno de los textos que a mí más me gusta (lo sabés),un prestigio que tu narrativa tan precisa,tan clara esté en la página y un agradecimiento especial a Juan Carlos por la elección del trabajo.Felicitaciones!

Lily Chavez

Gabriela dijo...

Un relato que describe una realidad que conozco como la palma de mi mano. Podría llamarse Oscar Abeal, en vez de Tomás, con la única diferencia que el viejo sigue resistíéndose, tiene la pila de fiados sin cobrar, pero jamás será lo mismo ir a comprar ahí que al frío Supermercado. Y desgraciadamente, la gente sufrirá en todos los rincones de la falta de memoria. Por eso todas las tardes sigo yendo a su negocio para ayudarlo y llevarle los libros.

Excelente Relato que pienso imprimir.

Gabriela Abeal.

Gabriela dijo...

Un relato que describe una realidad que conozco como la palma de mi mano. Podría llamarse Oscar Abeal, en vez de Tomás, con la única diferencia que el viejo sigue resistíéndose, tiene la pila de fiados sin cobrar, pero jamás será lo mismo ir a comprar ahí que al frío Supermercado. Y desgraciadamente, la gente sufrirá en todos los rincones de la falta de memoria. Por eso todas las tardes sigo yendo a su negocio para ayudarlo y llevarle los libros.

Excelente Relato que pienso imprimir.

Gabriela Abeal.

Anónimo dijo...

Andrés: muchos de nosotros vivimos algo parecido con algún almacén del barrio. La injusticia de las deudas, el olvido de aquello que fuera salvataje en su momento, en fin, el cachetazo a una vida decorosa, llena de valores. Sentí el herrumbrado bostezo de esa última vez y el dolor y la desilusión de quien dio todo. Magnífico relato. Un abrazo, Laura Beatriz Chiesa.

Lidia dijo...

Andrés que rico encontrarte en esta Revista La Urraka y gracias siempre por darme la oportunidad de publicar en tu revista.

Lidia Corcione

deliteraturayalgomas-2 dijo...

Vigor, realidad y un poco de añoranza hallé en este relato escrito con total llaneza.
Qué gusto encontrar tu palabra en distintos lugares.
Mi fraternal abrazo
Betty