viernes, 11 de septiembre de 2009

ALBERTO GRAJALES GARCÍA

PARÁLISIS REFLEXIVA

Los cubos de hielo saltaron erráticos dentro del vaso produciendo un sonido metálico al chocar contra las paredes de vidrio. A Pedro Julio Vidal le pareció el toque de campanas invitando a un funeral, su funeral. Agarró el vaso que empezaba a opacarse con una delgada telilla blanca como si un súbito ataque de pterigio lo envolviera. De un sorbo ingirió el contenido dorado que bajó presuroso hasta el estómago dejando una estela fría en su recorrido. Elevó la pistola hasta la altura de su cabeza y sembró el metal en el punto mortal donde las estadísticas afirman que un disparo mata al 99% de las personas. Hoy si, se dijo para sí mismo, e igual a las otras 75 ocasiones anteriores los recuerdos se hicieron presentes. Su cerebro reprodujo exactamente el olor a cebolla frita empezando a quemarse que tanto le gustaba y que su madre solía prepararle en las mañanas allá en San Nicolás de los Arroyos provincia de Buenos Aires Argentina. Una creciente sensación placentera recorrió su cuerpo y encadenó una serie de recuerdos agradables: los chapuzones con sus amigos de infancia en el rio Paraná; su debut como futbolista profesional en un equipo de primera división; su matrimonio con la única mujer que amó; el viaje al extranjero contratado por un equipo grande; las copas ganadas con su club; el nacimiento de sus hijos; su marca de mayor cantidad de goles anotada en una sola temporada, un hito no superado en 45 años. Si antes de morir la vida transcurre como una película, Pedro Julio era un espectador asiduo, sólo que siempre se quedaba dormido.
Lo despertó el ruido insistente del timbre, alguien llamaba a la puerta, abrió y se encontró con un grupo de funcionarios judiciales que llegaron a embargarle sus propiedades. Bancos desalmados, gritó en su mente, tan fuerte, que temió ser escuchado por las personas presentes.
–Hagan lo que les ordenaron– dijo resignado.
Esa noche, sentado frente a la botella de ron, se lamentó por haber descuidado tanto tiempo a su esposa y se culpó por su muerte. Nunca le dio importancia a sus dolencias, las atribuyó a celos de mujer, hizo caso omiso de sus quejas convencido de que buscaba atención para alejarlo de las amantes con las que él salía Cuando le detectaron el cáncer era demasiado tarde, la enfermedad había carcomido su cuerpo. Trató de salvarla pagando los mejores tratamientos en clínicas de varios países, iniciando un periplo por Colombia, Cuba, Estados Unidos, España y Alemania, del último país regresó con ella en un ataúd. El golpe moral fue tan contundente que lo paralizó completamente. Todos los días pensaba acerca de los hechos y tomaba licor hasta la madrugada. Imaginaba varios escenarios posibles en los que actuaba de una u otra manera y cambiaba el curso de los acontecimientos. Ese estado mental lo llevó a un desmoronamiento progresivo que agravó su situación. Se negó a recibir ayuda profesional, los negocios cayeron, no quiso vender algunas propiedades para obtener efectivo, no reaccionó ante las deudas adquiridas con los bancos, ni sus hijos pudieron sacarlo de la “parálisis reflexiva”.
Igual que el día anterior, Pedro Julio tomó la pistola para suicidarse, pero no fue capaz de hacerlo, el dedo que tocaba el gatillo resbaló hasta la mesa, relajado por la borrachera y el sueño.
Sin proponérselo encontró compañía femenina: Silvana; ella era viuda desde hacía 10 años, conocía bien el dolor de perder un ser querido y el proceso de recuperación. Todas las noches acompañaba al frustrado suicida, desviando su atención hacía temas agradables, hablaban de su época de estudiantes, de sus amores, de sus triunfos, de sus hijos, de sus gustos…de esa manera construyeron una relación afectiva que los benefició a ambos.
Meses después Silvana le dio la noticia que le devolvió las ganas de vivir. Era un milagro que a los 67 años de edad pudiera engendrar un hijo en una mujer de 42, pero el amor, igual que en la canción, no conoce edad, fecha, ni calendario. Cuidar de un ser que inicia su vida en este mundo lo hizo pensar en el futuro y lo dotó del proyecto que no tenía. Ese mismo día vendió la pistola y afrontó su realidad con optimismo.
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Alberto Grajales García. Escritor, poeta y narrador de origen campesino. Nació en Neira-Caldas, Colombia, un pueblo rodeado de plantaciones de café. En su niñez descubrió a través de las historietas del periódico que existía un mundo poblado por historias y personajes. Aprendió precozmente a leer para saber que significaban esas pequeñas manchas negras que salían de la boca de esos personajes. Acompañaba a su hermano mayor a la escuela para quedarse mirando por la ventana del salón de clases y de esa manera aprendió a leer y a escribir. Su amor por la literatura permanece intacto desde entonces. Como escritor, su principal protagonista es el ser humano, en sus historias narra las vivencias que afectan su caminar en la conflictiva sociedad colombiana de las últimas décadas.